Quién reparte, quién come: la teología escondida en el comedor parroquial
Photo: Petty Officer 3rd Class Kyle Carlstrom, Public domain, via Wikimedia Commons
Hay una escena que se repite cada semana en decenas de parroquias de España y que casi nadie fotografía. A las doce y media de la mañana, antes de que abran sus puertas, un grupo de voluntarios termina de disponer las mesas de un salón parroquial que, unas horas después, volverá a ser aula de catequesis. La comida es sencilla: un guiso, pan, quizá una pieza de fruta donada por el frutero del barrio. Lo que distingue a unas comunidades de otras no está en el menú, sino en un detalle mínimo: dónde se sienta el párroco y a quién sirve primero.
El gesto que delata
Quien ha participado alguna vez en la organización de un comedor social sabe que la disposición de los cuerpos revela la teología de una comunidad mejor que cualquier documento pastoral. Hay sacerdotes y presidentes de hermandad que presiden la mesa como se preside un acto institucional: se les reserva el lugar central, se les sirve primero, se les aplaude. Y hay quienes calzan el delantal, recogen la escudilla del último comensal y se sientan, cuando ya todo el mundo ha comido, junto a aquel al que nadie elige como vecino de mesa.
La diferencia no es de carácter ni de simpatía. Es de comprensión del Evangelio. La autoridad cristiana, enseñó el Señor con la toalla en la cintura, se ejerce arrodillándose. Y esa lección no se aprende en un curso de liderazgo, sino en la repetición paciente de gestos que nadie ve.
Escenas de una España silenciosa
En un barrio periférico de Sevilla, una parroquia de salesianos convierte el comedor de Cáritas en escuela de formación para sus catequistas: antes de dar clase, cada voluntario pasa un mes sirviendo mesas. En una parroquia del extrarradio de Bilbao, el equipo de pastoral celebra la reunión mensual del consejo en el mismo salón donde por la mañana han comido cuarenta personas sin hogar, con las sillas todavía calientes de otros cuerpos. En Madrid, un párroco joven ha establecido una norma que escandaliza a algunos feligreses: en la cena comunitaria de Navidad no hay mesa presidencial, y el sorteo decide dónde se sienta cada uno, también él.
Estas escenas no aparecen en las crónicas diocesanas, y sin embargo constituyen la pedagogía más eficaz que la Iglesia española está ofreciendo hoy a sus futuros líderes. Porque el que aprende a servir la ración aprende también a no servirse la suya en primer lugar.
Cuando el púlpito contradice al comedor
El riesgo, por supuesto, es la incoherencia. Un líder que predica la dignidad de los pobres el domingo y el martes en el comedor pide un plato aparte, o llega siempre diez minutos tarde para no coincidir con los comensales, o encarga a los voluntarios que «atiendan primero al padre», está predicando con el cuerpo una homilía contraria a la del púlpito. Y las comunidades, que perdonan muchas debilidades, no perdonan tan fácilmente la doblez en la mesa.
No se trata de teatralizar la humildad ni de competir en austeridades. La mesura evangélica no necesita cámaras. Se trata de algo más radical: que la estructura invisible de una comunidad —quién decide, quién sirve, quién espera— refleje la lógica del Reino y no la de cualquier asociación de vecinos con cargos directivos.
Formar para la mesa
Para los responsables de formación pastoral, la conclusión es incómoda y fecunda a la vez. Si queremos líderes capaces de presidir comunidades vivas, no basta con enseñarles a administrar bienes, presidir consejos o redactar planes pastorales. Hay que enviarlos, primero, a la mesa del comedor. Que aprendan allí los nombres de quienes comen en silencio, que descubran que el hermano que parece más «problemático» tiene una historia que explica su enfado, que experimenten la fatiga física de servir sin ser vistos.
Algunas diócesis españolas ya lo han entendido e incluyen el servicio directo a los pobres como etapa obligada en los itinerarios de formación de agentes de pastoral. Sería deseable que fuera la norma y no la excepción, porque no hay asignatura que sustituya a la sopa servida con las manos.
La medida del liderazgo
Al final, la pregunta que este gesto cotidiano plantea a todo líder católico es sencilla de formular y difícil de responder: cuando presidimos, ¿a quién damos el primer plato? La respuesta no se encuentra en los estatutos ni en los organigramas, sino en un detalle que casi nadie registra y que, sin embargo, lo revela todo: la forma en que ocupamos nuestro lugar cuando nadie está mirando.
La mesa parroquial, con su vajilla despareja y sus conversaciones entrecortadas, es quizá el examen más honesto al que puede someterse un liderazgo cristiano. Y quien lo apruebe —no con un gesto aislado, sino con una vida— habrá comprendido algo que ningún manual de gestión enseña: que en la Iglesia se manda pidiendo permiso para servir, y que el último puesto, precisamente por eso, no es un castigo sino un privilegio que cuesta.