Balances que no caben en una hoja de cálculo: repensar el éxito en la comunidad cristiana
Photo: Horacio Cambeiro, CC BY-SA 3.0, via Wikimedia Commons
Vivimos en una época obsesionada con los indicadores. Todo se mide, todo se cuantifica, todo se presenta en cuadros de mando con gráficos de colores. Y esa lógica, legítima en el ámbito de la empresa, se ha colado también en las instituciones de la Iglesia: parroquias que cuentan asistentes, colegios que presumen de resultados académicos, asociaciones que celebran el crecimiento de sus socios. Nadie discute la necesidad de orden y transparencia —la buena administración es también una virtud cristiana—, pero conviene detenerse a preguntarse: ¿es eso el éxito en una comunidad de fe?
El peligro de la parroquia-empresa
El primer riesgo es sutil pero real: cuando adoptamos sin más las métricas del mundo empresarial, acabamos convirtiendo a las personas en clientes y a la comunidad en un proveedor de servicios religiosos. Un párroco de una diócesis castellana lo resumía con cierta ironía: «Si mido solo por misas de precepto, este año he fracasado. Pero he acompañado a tres familias en el duelo, he reconciliado a una pareja al borde de la ruptura y he visto a un joven volver a confesarse después de años. ¿Cómo se pone eso en un gráfico?»
Su pregunta no es retórica. Apunta al corazón del asunto: la lógica del Evangelio no es la de la rentabilidad, sino la de la semilla que germina en silencio y la oveja recuperada que hace más fiesta que las noventa y nueve que estaban en el redil.
Indicadores que el mundo no entiende
Esto no significa renunciar a todo criterio de evaluación. La tradición cristiana ofrece otros «balances», menos espectaculares pero más fieles a la misión. Podríamos llamarlos indicadores de gracia.
El primero sería el de las vocaciones despertadas. No solo sacerdotales o religiosas: también matrimonios que descubren su misión, laicos que se ofrecen para la catequesis, voluntarios que se comprometen en Cáritas. Una comunidad que genera discípulos está viva, aunque sus registros parroquiales sean discretos.
El segundo, las heridas sanadas. Cuántas personas han encontrado consuelo en el sacramento de la reconciliación, cuántas familias rotas han encontrado mediación, cuántos enfermos y solos han sido visitados. El director de una obra social de una fundación diocesana madrileña lo expresaba así: «Nuestro rendimiento no está en el número de platos servidos, sino en que nadie se sienta un número. Cuando un beneficiario vuelve a buscar trabajo y lo encuentra, ahí está nuestro beneficio».
El tercero sería el de la comunidad revitalizada: si los laicos asumen responsabilidades, si la vida de oración se intensifica, si surgen iniciativas nuevas sin que nadie las imponga desde arriba. La vitalidad no se decreta; se percibe.
Transparencia sí, mercantilismo no
Conviene decirlo con claridad: nada de esto exonera del deber de gestionar bien. El dinero de los fieles, las subvenciones públicas, el patrimonio de la Iglesia exigen cuentas claras y una administración ejemplar. La crítica a la lógica empresarial no es una coartada para la desorganización. San Pablo ya se esforzaba por ser irreprochable en la colecta para Jerusalén.
La clave está en el orden de los factores: la gestión es instrumental, la misión es la meta. Cuando los papeles se convierten en el fin, la comunidad se enfría. Cuando el servicio al Evangelio ordena la gestión, hasta el más seco informe contable adquiere sentido.
Un examen para el líder católico
Quizá la propuesta más práctica sea convertir este dilema en un examen personal, al estilo de los ejercicios espirituales. Quien dirige una parroquia, un colegio o un movimiento puede preguntarse al final del curso pastoral: ¿he crecido en número o en profundidad? ¿He premiado solo lo visible o he cuidado también lo escondido? ¿Las personas que pasaron por mi comunidad salieron más libres y más esperanzadas que cuando llegaron?
Son preguntas que no caben en una hoja de cálculo, pero que sí caben —y ahí está la esperanza— en el corazón de Dios, que es el único juez verdadero del éxito de quienes servimos a su pueblo.