Los custodios invisibles del templo: cuando la fidelidad se demuestra con las manos
Photo: Natalia Bazilenco, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons
Hay una hora en la que la parroquia no tiene fieles, pero está llena de presencia. Es esa franja de la mañana en la que el templo huele a cera recién frotada y alguien, sin que nadie se lo haya pedido, está doblado sobre el tercer banquillo de la nave lateral, el que cruje. Nadie le tomará una fotografía. Ningún boletín parroquial recogerá su nombre. Y sin embargo, aquella misa del domingo fue posible, en buena medida, gracias a ese gesto repetido durante años.
La teología de lo pequeño
La tradición católica siempre ha sabido distinguir entre los grandes gestos y las obras pequeñas. El Concilio Vaticano II recordó que la santidad no es patrimonio exclusivo de los altares ni de los atrios. Pero hay una verdad que se aprende más observando que leyendo: la vida de una comunidad cristiana se sostiene sobre un tejido de fidelidades minúsculas que jamás aparecerán en las crónicas.
San Josemaría hablaba de la 'materia divina de lo ordinario'. Y en nuestras parroquias españolas, esa materia tiene rostros concretos: la señora de la lavanda en las manos, el hombre del destornillador, la joven que repone las velas. Son la encarnación cotidiana de aquella sentencia evangélica: 'lo que hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis'.
Los rostros que no salen en las fotos
La que limpia los banquillos. En una parroquia de la periferia de Sevilla, una mujer de setenta y dos años lleva dieciocho años pasando la bayeta cada viernes. Cuando le preguntan por qué, encoge los hombros: 'Es que el Señor recibe visitas, y la casa tiene que estar decente'. Teología en estado puro, sin necesidad de manuales.
El del equipo de sonido. En una parroquia de Gijón, un hombre de mediana edad llega cuarenta minutos antes de cada celebración para probar micrófonos y ajustar volúmenes. Su labor solo se nota cuando falla. Es la ley del servicio silencioso: cuanto mejor se hace, más invisible resulta.
El guardián del belén. En muchas localidades de Castilla-La Mancha y Andalucía, hay quien dedica las tardes de diciembre a cuidar el nacimiento parroquial: repone las luces fundidas, humedece el musgo, acomete los arreglos de las figuras heredadas de tres generaciones. Es catequesis sin palabras para quienes se detienen a mirar.
La que riega las plantas y cuida los adornos florales. Detrás de cada altar festivo hay una persona que carga macetas, poda geranios y madruga en las fiestas de guardar para que todo esté 'a la altura'.
Lo que enseñan a quien lidera comunidades
Para sacerdotes, catequistas y responsables pastorales, estos custodios anónimos ofrecen varias lecciones que ninguna facultad de teología puede sustituir:
- La constancia vale más que el carisma. Quien está cada sábado en su puesto enseña más con su presencia que muchos discursos sobre el compromiso.
- El cuidado de los espacios es evangelización. Un templo limpio y cuidado comunica que allí habita Alguien que merece lo mejor.
- No todo necesita reconocimiento. La cultura de la queja se desarma con el ejemplo de quien sirve sin pedir nada a cambio.
- Agradecer es pastoral. Un gesto público de gratitud del párroco hacia estos servidores puede consolidar una cultura parroquial de servicio que se transmita a las nuevas generaciones.
Una llamada a mirar de otra manera
Quizá el próximo domingo convenga llegar unos minutos antes de la celebración y fijarse en los detalles: la pila de agua bendita limpia, los candeleros sin rastros de cera, el himnario ordenado. Cada uno de esos detalles tiene un autor. Y si preguntamos quién lo hizo, probablemente descubramos a alguien que se sonrojará al ser reconocido.
La Iglesia española que trasciende portadas y titulares está hecha de estas manos. Custodiar su memoria no es nostalgia: es reconocer que la santidad cotidiana sigue siendo, como siempre, el verdadero motor de la evangelización. Y que el pequeño milagro de cada semana no necesita crónica para ser real.