La cantera invisible: los laicos que forman a quienes dirigirán la Iglesia de mañana
Photo: laicos católicos mayores enseñando a jóvenes en grupo de formación parroquial España, via estaticos.elcolombiano.com
En el imaginario colectivo, los rostros visibles de la Iglesia española suelen ser episcopales o sacerdotales. Sin embargo, quien presta atención descubre algo revelador: gran parte de la formación que hoy reciben catequistas, consiliarios laicos, animadores de grupos de oración y responsables de pastoral procede de personas seglares que llevan décadas sembrando sin pedir reconocimiento.
Una vocación que nace del servicio
En la Archidiócesis de Valencia, un matrimonio de profesores lleva quince años coordinando una escuela de animadores juveniles que ha formado a más de mil jóvenes. En Pamplona, una docente universitaria dirige un programa de mentoría para mujeres que asumen responsabilidades en asociaciones parroquiales. En Sevilla, un ingeniero jubilado acompaña a nuevos coordinadores de Cáritas en su primer año de servicio. Sus historias comparten un rasgo común: ninguna buscó el protagonismo; respondió a una necesidad concreta de su comunidad.
«Nunca pensé en mí como formador», confiesa uno de ellos. «Simplemente vi jóvenes con entusiasmo pero sin herramientas, y entendí que alguien debía sentarse con ellos». Esa humildad pedagógica, lejos de ser un defecto, constituye precisamente su mayor fortaleza formativa: enseñan liderazgo modelándolo, no teorizándolo.
Métodos que funcionan
El análisis de estas escuelas de formación laical permite identificar algunas constantes:
- Acompañamiento personal antes que cursos masivos. La mentoría individual, inspirada en la tradición de la dirección espiritual, es el eje de casi todos estos programas.
- Formación integral. No basta con doctrina: se forman en gestión de equipos, escucha activa y gestión de conflictos, competencias que la parroquia del siglo XXI exige.
- Vinculación con la vida sacramental. La formación técnica se ancla siempre en la Eucaristía dominical y en la oración personal, evitando el activismo vacío.
- Envío real. Los programas culminan con un encargo concreto: coordinar la catequesis de confirmación, dirigir un grupo de jóvenes, servir en un barrio periférico.
El impacto silencioso
Los obispos españoles han insistido en los últimos años en la necesidad de una conversión misionera de las estructuras parroquiales. Esa conversión no ocurrirá sin laicos formados y con madurez espiritual. Las escuelas de formación laical —muchas de ellas nacidas de iniciativas como los Cursillos de Cristiandad, la Renovación Carismática o los movimientos eclesiales— están generando precisamente ese capital humano.
El efecto es acumulativo: un animador bien formado multiplica su formación en los jóvenes que acompaña; un coordinador de Caritad forma a otros voluntarios. En una década, un solo formador laico puede influir en cientos de personas, la mayoría de las cuales jamás conocerá su nombre.
Un llamamiento a los párrocos
Para los líderes pastorales que leen estas líneas, la invitación es clara: identificar a los maestros escondidos de su comunidad y darles espacio. A veces son mayores que ya no pueden ser catequistas de niños, pero tienen una sabiduría que la gente joven necesita. Otras veces son profesionales con don pedagógico que solo esperan ser invitados.
La Iglesia española no carece de talentos; carece, en ocasiones, de estructuras que los descubran y los pongan a servir. Invertir en la formación de formadores quizá sea la decisión pastoral más rentable que una diócesis pueda tomar hoy. Porque la renovación de la Iglesia no se decreta desde arriba: se cultiva, curso a curso, en el trabajo paciente de quienes enseñan sin esperar aplauso.